Actividades 2019

 

“Había llegado a ese grado de emoción en el que se tropiezan las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”. Este es el cuadro que presentaba Henri-Marie Beyle durante su visita a Florencia y que luego dio en llamarse “ Síndrome de Stendhal”. Llegado a este punto, y alterando condiciones cronológicas y geográficas, quién me dice que ese cuadro, ese empacho de arte, ese vértigo..., no podría haberse definido como “Síndrome del Peregrino”?...

En alguna ocasión me he sentido abrumado por la carga mística de algún lugar de Culto, y en alguna otra por paisajes o arquitectura sublime. Ahora intento acompañar al peregrino que remontando la Vía de la Plata camino de Compostela, accede a Zamora por Los Cabañales, y apoyado en la sombra del muro norte de la Iglesia del Santo Sepulcro descansa mientras contempla por encima de la muralla la línea de horizonte que envuelve a la ciudad. Tiembla, ha de sentarse, enjugarse la emoción y respirar. Luego vadeará el Duero por los dieciseis arcos apuntados del Puente Nuevo con sus dos torres de defensa y entrará en la capilla de la Virgen de la Guía. Llegará al primer recinto amurallado y se detendrá a contemplar el río  antes de cruzar la Puerta de Olivares. Y por último, en lo más alto de la Ciudad... Detrás del andamiaje atisba la Torre del Salvador y a su lado el increíble cimborrio escamado de la Catedral. Aquí uniremos los tres elementos: carga mística, paisaje y arquitectura sublime. Y qué nos ocurrirá?... Si Stendhal -burgués ilustrado, viajado y curtido acompañando a Napoleón en sus campañas por toda Europa- andaba con miedo a caerse,  podemos pensar qué le ocurrió a nuestro peregrino. Os lo digo. Se cayó.

Tengo que reconocer que hablar del Románico -en este caso del zamorano- sin decir nada nuevo, me produce rubor y me resulta incómodo además de imposible. Me limitaré a confirmar que la visigoda salvada de las aguas San Pedro de la Nave y las monumentales Toro y Zamora cumplieron con nuestras expectativas más satisfactorias a pesar del tiempo disponible, que en cualquiera de los casos siempre nos resulta breve.
Nuestro agradecido reconocimiento a la entusiasta labor de nuestro lazarillo Ana Ulargi por ser los ojos de más de un ciego y a todos los asistentes por su buena disposición.

   J.A.

 

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